Parecen patas podridas
pero pueden pasar por piernas prístinas.
Pedí plastificarlas porque pensé:
piernas para pibas post problemas pédicos.
Producción pseudo pendiente.
Permuté parte, prescindí pérdidas.
Puse por pilas. Pisé potentemente.
Permanecieron planas.
Partí protuberancias para poner por parejas.
Primer par: prolijas.
Posteriores: pastosas.
Perdí plata. Pasa por parquedad propia.
Por poseer poca pasta.
Produce pena pensarlo.
Podré perseverar.
Sólo permanece viejo lo que se mira con ojos de ayer.
viernes, 30 de mayo de 2014
miércoles, 28 de mayo de 2014
La pata del gato
“¿Oia? ¡Al fin tengo algo que hacer!”, pensó en un grito Aguanieve, la chica que estaba en la oficina de la empresa ADT, cuando sonó la
alarma. No podía creer que su trabajo en la guardia de
reportes de la aseguradora tuviera un sobresalto, una emoción, algo que contar
el domingo, en el almuerzo familiar.
Estaba caminando por Triunvirato cuando lo llamaron. Desde
Europa, sus amigos. Los de la casa que cuidaba. Andaba paseando un rato, buscando
unos libros para regalar. “¿Cómo que sonó la alarma? ¿Y por qué? ¿Y ahora qué
hago?”. “Volvé, claro, a ver qué paso, si está todo bien”. Las piernas largas,
arremolinadas, a grandes pasos, por Encalada. Y en cada esquina, girando la
cabecita para pispear si por ahí, en una de esas, pasaba algún colectivo que lo
ayudara a llegar más rápido. A su cabeza llovía una interminable cantidad de
imágenes: Patrulleros en la puerta de la casa, vecinos amontonados mirando con
caras extrañadas y otras imágenes decadentes.
Se le cortaba así una racha de ciento sesenta y siete días
sin recibir alertas, desde aquel domingo nublado –lo recordaba como si fuera
hoy- en que el llamado había venido desde una casa en Palermo. Y ahora, en
Pueyrredón, ¿qué habría ocurrido? ¿Estarían robando o sería una ventana abierta
por el viento? Había mucho viento ese día, podía ser. “¿Qué hago, señora? ¿Mando un móvil o no?”
Esperaba que lo sorprendiera el zumbido molesto de la alarma
al doblar una esquina. De cada sonido le parecía que podía emerger, clara,
limpia y estridente. De autos y
bocinazos al pasar, de gritos y empujones de chicos que salían de un club. Siguió
camino y, al doblar en la última esquina, pudo ver que no había nada raro en el
frente de la casa. Llegó a la puerta, la abrió con rapidez y desactivó la
alarma que, a pesar de todo, continuaba encendida. Entró al living y… esa maldita llave de luz que está del otro lado de la pieza
le alargó la incertidumbre. Cuando por fin la encendió, pudo ver una de las patas de su gato, que escapaba de los sensores de movimiento del living hacia la galería. Vio también cómo se echó en el suelo y empezó a chuparse la misma pata, mientras lo miraba con cara de inocente.
lunes, 26 de mayo de 2014
Se desencadena la púa
que estaba latiendo
en la música,
en los dedos sensibles
una cuerda se pela,
se agita y se salta
los pelos se escapan,
se tensa la gravedad
algo se acuesta,
vertical,
como la guitarra.
Se para el pie.
El giro del mundo
es un cuerpo que flota;
el pie
no mueve la mano;
vibra el fin
si algo es la nada.
que estaba latiendo
en la música,
en los dedos sensibles
una cuerda se pela,
se agita y se salta
los pelos se escapan,
se tensa la gravedad
algo se acuesta,
vertical,
como la guitarra.
Se para el pie.
El giro del mundo
es un cuerpo que flota;
el pie
no mueve la mano;
vibra el fin
si algo es la nada.
jueves, 16 de mayo de 2013
Amarillo mozo, bar viejo
Un hombre mira a través del vidrio del bar
y ve un cartel que dice: "Latte y dos lunas: $30".
Hay una mujer muy bien peinada
tomándose un café en un vaso de plástico.
Ve sillones de cuero donde antes habían mesas:
quiere entender cómo se hace lo nuevo
Las mesas cuadradas de madera
con dos manteles: uno cuadrado; blanco
y otro en forma de rombo; naranja.
Los mozos de camisa amarilla
sirviendo comida a ancianos
de cuello arrugado.
Todos los símbolos de lo viejo
están donde está este hombre.
y ve un cartel que dice: "Latte y dos lunas: $30".
Hay una mujer muy bien peinada
tomándose un café en un vaso de plástico.
Ve sillones de cuero donde antes habían mesas:
quiere entender cómo se hace lo nuevo
Las mesas cuadradas de madera
con dos manteles: uno cuadrado; blanco
y otro en forma de rombo; naranja.
Los mozos de camisa amarilla
sirviendo comida a ancianos
de cuello arrugado.
Todos los símbolos de lo viejo
están donde está este hombre.
domingo, 12 de mayo de 2013
"Mi nombre es Bandini, Arturo Bandini"
Una reseña sobre Pregúntale al polvo, de John Fante.
“Pregúntenle al polvo. Pregúntenle a la tierra. Por
qué pecar me hizo cambiar”, dice un católico arrepentido, sentado en un banco
de piedra en una playa de Long Beach. Intenta meditar, pero la tierra se abre a
sus pies, los niños gritan, las mujeres corren. Todo se derrumba, menos los
mitos.
John Fante (Los Angeles, E.E.U.U., 1909-1983) fue hijo
de inmigrantes italianos pobres. Trabajó como guionista en Hollywood pero
dedicó su vida a la literatura. Vivió como su alter ego, Arturo Bandini, al
margen de los reconocimientos, sin plata, fue bebedor y ludópata. Otro como él,
Charles Bukowski, rescató su obra completa cuando Fante murió, y comentó que
sus historias fueron para él de gran inspiración. Sólo este dato podría bastar
para movilizar a los bukowskianos a conocer la obra de Fante y, en especial, Pregúntale al polvo, su obra
central.
Y desde el centro de la tierra se escucha una voz
que produce un terremoto inesperado: “Soy pobre, mi apellido termina en vocal,
me odian a mí y odian a mi padre, y al padre de mi padre, y si por ellos fuera
me sacarían la sangre, me sacrificarían, pero ya son viejos, agonizan al sol y
en el polvo tórrido del camino, y yo soy joven y estoy lleno de esperanzas y de
amor por mi patria y mi época”. Es Arturo Bandini, el protagonista. Y el lector
puede encontrar en ese odio visceral el sentimiento más marcado en el
hombre que encarna esta historia. Y en ese odio se reflejará su
complicada relación con la camarera mexicana Camila López.
Pregúntale
al polvo (1939),
segunda novela de la trilogía iniciada por Espera
a la primavera, Bandini (1938) y
concluida más de cuarenta años después por Sueños
de Bunker Hill (1982), fue prologada por el mismo Bukowski, quien ha
comentado: “Yo era joven, y casi todos los libros que leía me daban la
sensación de que se dedicaban a hacer juegos de prestidigitación con las
palabras, que los autores que no tenían prácticamente nada que decir
pasaban por escritores de primera línea [...] pero cierto día cogí un libro, lo
abrí, y se produjo un descubrimiento. Cada renglón poseía energía propia y lo
mismo sucedía con los siguientes. He ahí, por fin, un hombre que no se asustaba
de sus sentimientos. Comenzar a leer aquel libro fue para mí un milagro tan
fenomenal como imprevisto.”
Pero la clave estuvo en que ese milagro fue real. Porque la obra de Fante nos acerca a la realidad de la vida, si
por realidad se entienden las historias de los hombres de carne y hueso, lo que
les sucede cada día, los sentimientos cambiantes, los malos humores, las
desgracias, los ratos de felicidad, las frustraciones, así como los nuevos
proyectos.
Porque a través de las líneas de Pregúntale al polvo, Bandini (que es
cien por ciento Fante) intentará escribir su vida, su experiencia y esperar lo
que muchos de su generación, de su clase: salvarse económicamente vendiendo sus
cuentos, sus novelas. Porque quiere plata, porque necesita plata. Para tomarse
un buen whisky, para acostarse con una buena prostituta y para pagar la pensión
donde vive. Y donde una mujer le tira piedritas contra la ventana cada vez que
lo visita.
Pero la historia de un hombre real es sobre todo
completa. Y en ese todo se suelen tocar los extremos de las cosas. Por eso, no
se puede omitir que Arturo Bandini humilla a Camila López, la desprecia profundamente
por su origen latino (tanto o más de lo que los yankees lo odiaban a él), pero al mismo tiempo la desea cuando no está, le escribe
los mejores poemas que un hombre le pueda escribir a una mujer. La
idealiza.
Pregúntale
al polvo es una
novela experimental porque hace recorrer a su protagonista por los sentimientos
más dispares, llevándolo en un viaje por sus emociones más fuertes. Arturo es un hombre de carne y hueso. Por eso, lo vemos llorar por Camila
después de humillarla. Lo vemos ayudarla a salir adelante con su vida
cuando esta corre el máximo peligro. También, tener sexo sólo por lástima y
luego arrepentirse ante su Dios por sentir la marca de la culpa. Lo vemos odiar
al límite a quienes lo han herido, pero también lo vemos sufrir extremadamente
al presenciar el degollamiento de un borrego a la luz de la luna.
Bandini es un hombre real. Y, como dijera Hesse, un hombre está compuesto por mil almas, no por una. Por mil sentimientos, no por
uno. Porque su complejidad lo abarca a lo largo y a lo ancho. A pesar de que al
final, se esfuerce en decir: “¡No me llames hijo de puta! ¡Yo soy Bandini,
Arturo Bandini!”
sábado, 9 de febrero de 2013
Vi un panadero que volaba con un edificio de fondo. El edificio se recortaba en un cielo celeste. Si el panadero se salía del encuadre de cemento, mis ojos lo perderían de vista, confundiéndolo con el celeste pleno del cielo. Eso sucedió finalmente.
Así también se me pierde tu voz, cuando le das el vuelo que merece tener, y se confunde con la voz de los animales que se adueñan de la noche salvaje. Se entremezcla tu voz con esos cantos, se indistingue, forma cuerpo con esas estelas sinfónicas, y se hace dueña también ella de la noche. Y al final, tu voz no es ya sino el animal salvaje.
Así también se me pierde tu voz, cuando le das el vuelo que merece tener, y se confunde con la voz de los animales que se adueñan de la noche salvaje. Se entremezcla tu voz con esos cantos, se indistingue, forma cuerpo con esas estelas sinfónicas, y se hace dueña también ella de la noche. Y al final, tu voz no es ya sino el animal salvaje.
martes, 5 de febrero de 2013
Dibujos negros
El sol dibuja en sombras el lado oscuro de las personas. En el piso, en
las paredes, como una continuación de la que no pueden desprenderse. Las
figuras negras se estiran y contraen todo el tiempo. Como un enorme corazón que
late vida, se agrandan o se achican, pero siempre están ahí, como la
continuación aplanada de la historia de cada uno.
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